Ojalá yo fuera cumbre y tú, nieve...
Pero sólo somos sueños...
Y otro enredo más en esta maraña que nos mantiene unidos y nos asfixia.
Te hago daño, me haces daño... Nos dañamos.
No quiero ya más daño.
Regresemos al antes de nuestro antes.
Y lo que haya de ser será...
Me sabía. Conocía cada resquicio de mí y asimilaba mis defectos. Con cada uno por separado peleaba...
Mi ángel de la guarda está pensando en dejarme. Se ha hartado de mi y de esta loca cabeza.
Esta semana mi cari y yo hemos renovado nuestra promesa de amor por ¡35 años más!
Los que dura la nueva hipoteca.
Unas horas eternas las de aquella mañana que se me antojaba interminable. Los ojos llorosos. La nariz colorada.
Para.
No me enredes con palabras.
Ya no quieras confundirme.
Mira que apenas me sostengo.
"Porque sé que existe el cielo..."
No me dejaré ir.
Vuelve a retumbar con fuerza la estridencia dentro de mi craneo.
Me pide desaparecer de mí. No sentir más lluvia.
Mis huesos chirrían bajo la presión de mi alma.
Ahí van mis tres pequeños yéndose a la cama. Cada uno con uno de sus libros de cuentos. Hasta la más peque, que aún no sabe decir más que un puñado de palabras. En casa hay un pasillo muy largo. Sesenta metros de piso, pero un pasillo muy, muy largo. Y una de sus paredes está llena de baldas, desde el techo hasta el suelo.