Fue así de repente, sin previo aviso, que se me acabaron las ideas. Y bueno, tampoco es para extrañarse, porque ya tengo 30 años; algún día se me tenían que terminar.
Al principio me preocupé un poco, creo que es natural, pero sólo al principio.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.