…Nunca había troceado una lombarda hasta ayer. Estuve mirándola como un idiota, boquiabierto y babeando. Me pareció preciosa. Fue un flechazo.
Ayer volví de Madrid en la cabina del tren. El maquinista era un hombre singular. Iba desnudo. Me dijo que si quería, me podía desnudar. Y eso hice.
Sentado en esta silla me agarro fuerte al portátil y poco a poco me voy elevando. Tras romper dos lámparas y el tacataca de mi nieto consigo estabilizar el vuelo. Abro las ventanas de par en par.
La semana pasada hice un móvil con elementos del bosque: bellotas, hojas, ramas, cardos, plumas de un milano real que me encontré hace tiempo e incluso un nido que apareció tirado en el suelo.
-¡Voy a por el tabaco cariño, ahora vuelvo!
¿Literatura? Estoy intentando ver vídeos online del olimpismo desede otros países y NO PUEDO.
Mis piernas se movían aburridas esperando que alguna baldosa cambiase de color. En los últimos pisos de los edificios más altos todavía efervescían los brillos comunes.
Póligonos inconclusos, completados de carmín. Cunetas eternas preñadas de sangre. El pan rojo.
Suenan a seda. Huelen a tristeza marchita. Saben a veranos nostálgicos.
Los Reyes Magos me trajeron una Biblia (no pone la editorial, sólo pone © San Pablo, 1989. O sea, que la ha escrito un santo desde el más allá. Se lo diré a Iker Casillas para que lo investigue). Hoy me dio por empezar a leerla, y en la introducción enumera las posibles lecturas o enfoques que se pueden sacar de ella. Uno de ellos es la lectura “en clave de justicia”.