Estabamos mi amor eterno espiritual y yo tranquilamente en el paraiso y de pronto la gilipollas va y dice.
Las noches se empezaron a vestir de pimienta y de sal. De estornudos y de no saber a donde vas. De querer estar allí, allí, cuando seguía aquí y aquí.
"Y eso es despedida, grito y muerte, pero, ¿quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse, a descentrarse, a descubrirse?
-¡Voy a por el tabaco cariño, ahora vuelvo!
Mis piernas se movían aburridas esperando que alguna baldosa cambiase de color. En los últimos pisos de los edificios más altos todavía efervescían los brillos comunes.
Sí, no me acuerdo de qué canción era esa frase, pero así me siento. Actor de butaca. Y me gusta. Una butaca privilegiada. Con vistas a un volcán, con ruedas y sin frenos. Vuela y además capea. Tiene músculos y respira. Y espera.
Caza por agotamiento, aunque la mitad de las veces muere en el intento.
No es el despertar, éste deja dentro aquello que volverá a arañar con sus zarpas demoníacas en el sueño en el que el poseedor percibe la presencia de la unión en la maldad.
Siempre que duermo la siesta me acompañan tres moscas. Al principio me molestaban, volaban cerca de mis orejas y no podía conciliar el sueño. Hasta que un día me rendí, y dejé que se posaran. Una vez superado el cosquilleo inicial, me di cuenta que oia tres vocecitas muy suaves que intentaban contarme algo. Agucé el oido y esto fue lo que salió de sus articuladas bocas:
Eran chicos listos llenos de gasoil
eran los mejores de todo Park Aveniu.
Estaban hartos de comer salchichas alemanas
y de cantar rap en las aceras.
Querían conocer el barrio rico,
querían ser los mas guapos del distrito.
Pero, eran chicos flácidos
de doscientos veinte kilos.
La barriga les llegaba a los tobillos
y les llamaban "michelines de color marrón".