La princesa y el bufón (Un cuento sin malos para antes de ir a dormir)

Hace mucho, mucho tiempo, en un lejano país, vivía una feliz princesa tan linda como la aurora. Sus ojos, negro azabache, eran limpios como el agua y su perenne sonrisa tan dulce como el azúcar. Casi siempre se la veía con un libro entre las manos y, mientras pasaba sus páginas, su rostro revelaba las fantásticas historias que su mente imaginaba. La música era otra de sus encantadoras pasiones, el dibujo, la escritura, los juegos, las preguntas y la danza. Pero si algo había que la hacía realmente hermosa era su corazón de oro y la inocencia de sus manos, por eso todos en aquel reino, más que quererla, la adoraban.

Un día llegó a la corte un pequeño bufón, era un tipejo simpático, muy alegre y divertido, que a la princesa, como a los demás, hacía reír con sus piruetas y tonterías. Poco a poco, el bufón fue acaparando la atención de los habitantes de palacio, todos pedían que repitiera una y otra vez sus gracias porque les divertían mucho, y así fue como la princesa empezó a pensar que ya nadie se daba cuenta de su presencia y sus preciosos sonrientes ojos empezaron a ponerse un poco tristes.

Una tarde, mientras la princesa paseaba sola por el jardín, oyó que alguien lloraba.

- ¿Qué te pasa? - preguntó sorprendida al ver al bufón que tras un árbol se secaba las lágrimas.

- Nadie se preocupa por mí - respondió el bufón entre sollozos.

- ¡Pero si todo el mundo te mira! - dijo la princesa - Desde que tú has llegado sólo tienen ojos para ti.

- Te equivocas, princesa, sólo les gustan mis chistes porque les hacen reír pero para ellos únicamente soy un pequeño bufón que no sabe hacer más que payasadas. En cambio a ti todos te admiran. No hay nadie como tú. Si tú apareces todos se vuelven a mirarte. Cuando inventas una historia los libros se cierran avergonzados porque nada de lo que tienen escrito se puede comparar a ninguno de tus cuentos. Si tú pintas las flores no quieren brotar, temen que sus colores no sean tan bonitos como tus dibujos. Cuando tú cantas los pájaros del cielo enmudecen y acuden volando para escucharte y, si bailas, hasta el viento cesa en los trigales pues no puede conseguir que las espigas dancen de forma más bella ...

Cuando la princesa escuchó esto se dio cuenta de lo mucho que la quería el bufón y también comprendió lo triste que él estaba porque nadie se había tomado la molestia de enseñarle las cosas que aun no sabía.

- No llores más, mi pequeño bufón, - dijo cariñosamente la princesa - yo te enseñaré todo aquello que desees pero hay algo muy importante que no puedo enseñarte porque nadie lo hace mejor que tú ... ¿querrás enseñarme?.

- ¿Yo?, - se extrañó el bufón - ¿qué puede haber que yo pueda enseñarte?.

- ¡Cómo hacer reír!.

Y así fue como la princesa y el bufón descubrieron que cada persona es única y que todos tenemos cosas que enseñarnos y cosas que aprender. Y, a partir de aquel día, los dos estuvieron siempre muy unidos y, aunque nunca se casaron, vivieron muy felices y comieron perdices.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado y por la chimenea ha ... ¡volado!.

¡A dormir!.

(Para Paula, mi lindísima princesa y la princesa de este cuento)