Miércoles de un frío enero. Susurrado en un gélido viento que asola Moscú. Dos alcohólicos muertos. Ivan Pertrovich a las dos y siete minutos de la madrugada, tumbado en el suelo después de ingerir más de dos litros de Vodka. No lejos de allí, en Washington, cuarenta y ocho horas antes de que el último ser humano desaparezca de la faz de la tierra, James Mathow, con cerca de litro y medio de wiski en su estómago, es atropellado al cruzar la calle dando tumbos, por el autobús número cuarenta. En él viaja Marta Fernández, tercera generación de inmigrantes mexicanos enriquecidos por el negocio del tequila. Y arruinados por el negocio del juego. Que mira nerviosa el reloj, se levanta y se dirige al conductor.

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Llamó varias veces al timbre, podía oír a alguien dentro de la casa, pero no le abrían. Estuvo tentado de marcharse, pero después de lo que le había costado llegar hasta allí no podía abandonar ahora.

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