Negras Manos

Una de esas noches que parece que la ciudad ha parado de funcionar, que las calles han decidido descasar, él limpiaba apasionadamente centollos. Trabaja desde escasos meses en un restaurante propiedad de mis abuelos, que regentaban mis tíos varones. Como la librería estaba en la plaza, al final de la calle, diariamente acudía al bar, saludaba, besaba y tocaba religiosamente a mi abuelo, que contemplaba su obra imperturbable desde un rincón del local, y a mi abuela, que con 75 años aún gobernaba en la cocina, reina de pucheros y secretos milagrosos. A mis tíos también los veía, entre la barra, entre la gente, entre las mesas.
Ya era tarde, no pude pasar durante las horas de sol a besar a los padres de mi madre, por lo que a última hora, antes de recogerme, me acerque un momento, por amor y por rutina. No había mucho jaleo aquel día de diciembre. La gente ahuyentaba en sus hogares el frío, y reservaba fuerzas y dinero para las ya próximas navidades, anunciadas esa noche con la típica niebla. Al pasar por la barra, salude a los dos camareros y me quede quieta, helada. No podía apartar mis ojos de aquellas enormes manos negras que limpiaban con torpeza aquel centollo. Era joven y su veterano compañero, le enseñaba con paciencia a manejar la pieza. Sus dedos estaban resbaladizos, húmedos, y sujetaban firmemente el caparazón, separando con dudas las patas. ¿ Cómo antes no me había fijado en él? He visto pasar muchos camareros, recuerdo sus caras y su forma de trabajar, recuerdo sus vicios y porque se fueron o los despidieron, pero él me había pasado desapercibido. Hace un par de meses le había pedido un vaso de agua. Pensé en su nacionalidad y le pregunté. Esas eran las únicas palabras que cruzamos en los siete meses que llevaba trabajando. También recuerdo que en alguna ocasión me pareció que tenía algo de pluma, por lo delicado de sus gestos y esa extraña forma de andar, como de puntillas. Era curioso que nunca mas habláramos durante todo este tiempo, puesto que mi relación con todos los trabajadores era buena y jovial: con ninguno mantenía una amistad, ni me extendía en mis conversaciones, por miedo a que mis tíos me llamaran la atención. Pensaba en lo poco curiosa que había sido, y lo poco que sabia de ese moreno tan guapo que veía todos los días, mientras Manolo, hablaba y hablaba sobre centollos y frío castellano. Mis pupilas miraban obsesionadas esos dedos, esas manos, esos brazos....Su compañero pecaba de hablador y no dejaba participar a nadie de su soliloquio, por lo que yo simplemente miraba directamente a los ojos, al dueño de aquellas manos, que se estaban convirtiendo en ese mismo momento en objeto absoluto de mi deseo. Manolo siempre hablaba de todo, y de todo decía saber, cuando lo cierto es que no sabía de nada. No me gustaba demasiado hablar con él, y nunca encontraba la manera de terminar la conversación, pero aquella noche no quería que parara de parlamentar, no quería irme a casa, y tenía miedo de la próxima presencia de mis tíos. Sonó el interfono y Manuel fue a responder, nos quedamos solos Victo y yo, unos segundos, quizás un minuto, separados por la barra, y el silencio se prestó de pronto. -¿ te gusta bailar?-espetó, yo mentí. Quedamos en salir a bailar...yo reía a carcajadas por dentro: claro que moverás ese culo negro. Volvió Manolo a explicar alguna cosa del marisco, no le oía, mi alma reía, ya no me preocupó nada y sonriendo me fui para casa.
Durante los días que siguieron, las miradas continúas, vigilaban sus ojos y la barra, esperando el momento, en que ningún familiar rondase, ningún cliente cotilla observase. Le pedí su número de teléfono, que apuntó discretamente en una servilleta: todavía puedo sentir el leve roce de su mano derecha al dármela con disimulo. A los tres días le llamé. Recuerdo aquella conversación con mariposas en la barriga, como si una adolescente planease su primera cita. Me pareció un niño, -¿Tienes novio?- me preguntó el muy canalla: bien sabían sus manos que mi cuerpo era ya suyo. Mis explicaciones eran absurdas, pues su piel ya me tenia inmadura y húmeda. Quedamos esa misma noche. Cuando saliera de trabajar, a la una o dos de la mañana, me haría una llamada pedida al móvil y yo saldría a su encuentro por una larga calle, que tras aquélla llamada me pareció la puta calle interminable ( ¿cómo vestiría? Siempre ante mis ojos con camisa blanca y corbata, ¿ Tendría piernas?). No bebí, ni me separe del móvil, y me despedí de mis amigas y amigos, con un ¡venceré!; ignorante de mí: al poner un pie fuera del bar donde aguardaba su llamada, ya tenia la guerra perdida.

Sólo ahora, puedo reflexionar sobre aquellas semanas. Coincidió que tras las navidades, estuve dos meses sin quehacer y me empecine en dedicarle todo mi tiempo a su perfecto cuerpo. Me había vuelto loca y necesitada estar a cada instante, encima, junto, sobre, debajo o tras él.

Su jornada partida en restauración dificultaba compartir unos horarios socialmente establecidos, aunque no suponía un problema; incluso le otorgaba a aquella pasión, un cariz confuso, desordenándolo todo aún más. Cada tarde mi coche, con el motor encendido esperaba donde torcía su camino, sobre las 16.40, justo la hora en que mi padre abría la librería, hecho que encendía aun más mis sentidos y llenaba mi cuerpo de nervios, de prisa y de inquietud. Esperaba sorprenderle, inútil actitud, pues ambos sabíamos que yo estaría allí puntualmente. Cuando se dirigía hacia el auto, mis ojos no se apartaban de sus dientes, de su maldito trasero, de su grácil manera de caminar,....loca estaba loca. Sin apenas hablar íbamos a su casa, donde compartía techo con su hermanastra, la madre de ésta, y otra vecina de su lejano pueblo natal, que casualmente trabajaba en la cocina del restaurante de mi familia. El comía, ...yo miraba: admiraba cada movimiento, cada extraña acción, deseaba mirar su grosera forma de comer, quería comer con él, como él, ser él . Y tras alimentarse de una comida riquísima, sabrosa y lujuriosa ( todo me parecía lascivo en aquel tiempo), que comía salvajemente con un único tenedor, nos buscábamos. No recuerdo quien lo deseaba mas de los dos, quien iniciaba el juego, quien inquiría al otro, iluminado por el sol tenue de la tarde del invierno, solo recuerdo un inmenso placer, un goce extremo, un deseo imparable, que no atendía a razones, ni a sermones aprendidos. Un calor irrefrenable que mi cuerpo necesitaba diariamente, ardorosa adicción que guiaba mis días, mis noches, mis sueños. Estaba jodida, enganchada a los orgasmos que llegaban uno tras otro, sin prisa.

Antes de las 20.30 él debía estar en la cafetería. Siempre llegábamos acalorados ( yo también: mi padre se reunía allí cada tarde con viejos amigos, y aquellas semanas fui tertuliana asidua), realmente era yo la que lucia mofletes sonrosados y entrecortado aliento, él era incansable, insaciable, siempre dejando patente que él podía aun más, pero el tiempo siempre truncaba nuestro juego, oportuno tiempo, porque, aunque estaba clara su predisposición, mis poros apenas podían ya de tanto gozar. Mas mis poros esperaban ansiosos que llegara la hora de cerrar el bar para empezar de nuevo. Nos envolvíamos en su fuego, sus manos parecían mil, nunca entendí de dónde salían porque tantos dedos, tantas lenguas, tantos labios. Mi piel drogada obedecía a sus deseos. Ni sed, ni hambre, ni pena, buceando entre sus piernas no había tiempo, ni pasado ni futuro, sólo goce extremo.Cuando besaba mis tetas mi cuerpo se elevaba de la tierra y il manos negras concentradas en mi sexo me devolvian de pronto al suelo, para empezar una y otra vez, de nuevo.

Tenía que haber durado siempre. ¡Mierda! Yo estaba tan feliz. ..........puf.........siempre riendo, riéndome del mundo,riéndome de mi, riéndome de él, riéndome de ti. Entre él y yo , siempre sexo, siempre silencio.

El silencio, un día habló y tuve que irme, sin despedirme.....sin presentarme.


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Comentarios

Sensual, absorbente, me ha encantado...


bachatadharma
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