II

Así, mientras la vieja lágrimas tejía se acercaba el otoño a la ciudad de la alegría. Bombon, el alcalde, se asomó a la ventana del ayuntamiento y también vio ese rebaño de nubes blancas que trotaban silenciosas en el cielo, en su cara redonda se dibujo una agria mueca…
«¡Oh, no!, ya llega el otoño y luego otra vez el invierno malo, con ese frío que me hace tiritar tantas veces y la nieve haciéndome resbalar mientras los niños se ríen de mí cada vez que me caigo, oh, ¡habría que hacer algo!»
Volvió a la mesa donde estaban sentados los cinco concejales y se sentó en dos sillas, sí, sí, en dos sillas. Bombon estaba gordo, realmente gordo, tan gordo como una ballena flaca o algo más, por eso cuando se sentaba tenía que hacerlo en dos sillas en vez de en una, ¡y aún así parte de su inmenso culo salía fuera de las sillas!. Era como una bolita a la que le salía una cabeza también redonda, oh, sí, era realmente divertido verle caer en la nieve porque comenzaba a rodar hasta que chocaba contra un árbol, ¡realmente divertido!.
«Bien, bien -dijo el alcalde aún con esa mueca fea en su cara- creo que deberíamos prohibir venir al invierno a nuestra preciosa ciudad, los arboles sin hojas, el cielo gris, si deberíamos…»
«Y el alcalde rodando por el suelo…» se oyó murmurar a uno de los concejales y todos comenzaron a reír.
Levantó su cabeza y empezó a mirar a todos preguntándose quién lo había dicho, pero no lo supo y aquello le enfado de verdad.
«¡bien bien, vasta ya de tonterías!…vamos a votar, ¿a favor de que prohibamos llegar el invierno a la ciudad de la alegría?»
Y él y dos de los cinco concejales levantaron la mano.
«Uhm… -dijo Bombon malhumorado- uno, dos y yo, tres…uhm. ¿Y ahora votos en contra?»
Y los otros tres levantaron la mano.
«Uno, dos y tres -contó Bombon- vaya... otro empate… uhm»
Sí, otro empate, hacía muchos años que todas las votaciones acababan en empate, claro, al tener que ocupar el alcalde dos sillas en vez de una tuvieron que echar al sexto concejal pues ya no había silla para él, le nombraron Jardinero Oficial de la Ciudad de la Alegría, y desde entonces siempre quedaban empates en cada votación que hacían. Sí, tres y tres siempre, tres síes y tres noes o tres noes y tres síes, hacía muchos años que todas las votaciones empataban y por eso nunca se decidía nada en el ayuntamiento de la ciudad de la alegría…¡no era de extrañar que todo funcionase tan bien en aquella ciudad!
Bombon agachó la cabeza para reflexionar como hacía después de cada empate y al instante, mientras la fea mueca se desdibujaba de su cara, se quedó dormido, porque no era malo el alcalde, simplemente un poquitín bobo bobísimo. Soñó con un alcalde muy muy gordo que resbalaba en la nieve y después de dar muchas vueltas chocaba contra un árbol…¡oh!, ya se acercaba el invierno.