III

¿Y que había sido del Jardinero Oficial de la Ciudad de la Alegría? El primer año se lo paso muy muy triste, pobrín, sin su silla comoda y grande de concejal, y con aquel nuevo cargo, jardinero oficial, que nadie le pudo decir para que servía, ¡si en la ciudad de la alegría no había ningún jardín oficial!. Los únicos jardines eran los que la gente tenía al lado de sus casas. Todo un año tumbado en la cama, mirando por la ventana preguntándose si merecía la pena levantarse, o si seguir tumbado en la cama para siempre ahora que tenía un trabajo sin trabajo. ¡Uf, que dilema!, estaba tan triste que hasta hubiese llorado de haber sabido llorar claro, pero nadie en la ciudad de la alegría sabía llorar y él no era una excepción.
«¿Qué puedo hacer?, -se decía dando vueltas en su cama- ¿qué puedo hacer?»
Al cavo de un año, en una de esas vueltas se cayó de la cama, ¡que golpe!. ¡Claro que aquello no le dio una idea de lo que debía hacer! pero decidió no volver a meterse en la cama hasta encontrar una solución para no dar vueltas y más vueltas, no quería arriesgarse a volver a caerse, así salió de su casa y comenzó a pasear por la ciudad buscando una repuesta…
«Soy el jardinero oficial de la ciudad de la alegría, y no tengo jardín -se decía- ¿qué puedo hacer?»
La primera noche aún no se le había ocurrido nada, así que se pasó toda la noche paseando y mirando al cielo, era una noche de primavera y en el cielo bailaban una multitud de estrella, era precioso, pero no se le ocurrió nada…
La segunda estuvo tentado en volver a la cama, tenía muchísimo sueño, muchísimo, pero el pensar que podía volver a caerse no le hizo ninguna gracia, así que siguió paseando buscando una solución…
La tercera se sentía completamente agotado, sus piernas apenas podían con él y ya estaba casi seguro de que no encontraría la respuesta, miró de nuevo al cielo y… ¡pum!…¡Se cayó al suelo!. ¡Había tropezado con algo!. ¡Que golpe!. ¡Suerte que había caído en algo blando!… ¿algo blando?.
«Oh, oh, -oyó debajo de él- oh, oh, ¿qué ha pasado?, ¡hip! Acaso una estrella ha caido sobre mi cabeza… ¡hip!»
David, que así se llamaba el Jardinero Oficial, se levanto de un salto, ¡que sorpresa se llevó al ver a aquel hombre gimoteando tumbado en el suelo!…
«Yo…yo…lo siento…lo siento de verdad, es que tropecé con algo…lo siento, ¿no le habré hecho daño?»
El hombre se levantó un poco y se quedo sentado, ¡era gigantesco!. Así sentado casi era tan alto como el propio David, abrió despacio sus ojos y bostezó, ¡que boca más grande!. David pensó que le podía comer de un solo bocado…¡y sin masticar!, por su cabeza pasó la idea de escapar corriendo antes de que el hombre acabara de despertarse pero su sentido de la educación se lo impedía, ¡oh, como odió en ese momento ser un hombre educado!.
¡Claro! , hay que decir también que David no era muy muy alto, de hecho ni siquiera era alto, para ser sinceros David era un hombre muy muy pequeñito, era uno de las personas más pequeñas de la ciudad de la alegría. Por eso eligieron su silla para el alcalde, al fin y al cavo era él el que menos silla ocupaba. Pero a pesar de ser tan pequeñito tenía un corazón grandísimo, gigante, que hacía que a pesar de su tamaño mucha gente le considerara una de las personas más grandes de toda la ciudad.
Acabó de bostezar y se quedó mirando fijamente a David, le miró de arriba abajo y de abajo arriba, «oh, -dijo con su gran voz - ¡hip!, ¡hip!, creo que he vuelto a beber demasiado, ¡otra vez estoy viendo enanitos que me rodean! Oh, ¡hip! Tendré que dormir un poquito más». Y se volvió a tumbar tan largo como era.
¡Uyuyuyyy! ¡claro que David tenía muy buen corazón! Pero que le tomaran por un enanito, ¡oh! ¡Eso si que no!. Sólo que el hombre se volvió a tumbar, David se pudo rojo, rojo, como un tomate y algo más, se acercó al gigantón y le pego una patada con todas sus fuerzas con tan mala fortuna que le dio en la barriga.
«¡Ayyyy! -Gritó el hombre levantándose de un salto- ¡ay mi barriguita! ¡hip! Como me duele, -y se volvió a sentar con las manos sobre su barriguita, bueno, barrigota,- ¡Ay! ¡ay!, ¿qué ha pasado? ¡hip! -entonces volvió a mirar a David- ¿qué me has hecho hombrecito?»
«¡Uyuyuyyy! -se dijo David -ahora si que voy a tener problemas.» y odio con todas sus fuerzas el tener la fea costumbre de decir siempre la verdad.
«Pues…pues…yo…uhm…ejem…yo…te di una patada en la barriga.»
«¡Tú!, ¿has sido tú?, ¡hip! ¿te atreves a pegarme?... ¡pero si yo no te había hecho nada!. ¡hip!»
«Oh, sí, -dijo David aunque no muy convencido- antes te despertaste y me llamaste enanito, ¡me trataste como si no existiera!. Me enfadé mucho y te pegue una patada… ¡vaya!... Lo siento.»
El gigantesco hombre se le quedó mirando, ¡no se acordaba de nada! «¡hip! ¡vaya! -dijo, y sonrió- yo también lo siento, es que esta noche bebí un poco muchisimo ¡hip! -extendió su gran mano y las chocaron, las dos manos, bueno, las tres porque David tuvo que usar sus dos manos para abarcar la gran mano del gigantón- ¡hip!, me llamó Montaña pero todos me llaman Montaña asi que puedes llamarme Montaña ¡hip!, ¿y tú? ¡hip!»
«yo soy David»
«Bonito nombre. ¡hip!. ¿y que haces a estas horas por la calle?»
«Pensar, andar y pensar…pero tú…uhm… Montaña, ¿qué haces durmiendo en el suelo?»
«Ja ja ja, -se rio Montaña abriendo de nuevo su gigantesca boca- ¡hip! ¡no estoy durmiendo en el suelo!, ¡hip! ¿acaso no has leido el cartel?» y señalo a un pequeño cartel que había allí al lado. David se dio cuenta de que era la cosa con la que había tropezado, lo leyó…
“JARDÍN DE MONTAÑA, NO MOLESTAR”
«¿y dónde esta el jardín?» Preguntó mirando alrededor.
Entonces Montaña se puso rojo, muy rojo, se levantó y al hacerlo asomó una pequeña hierba debajo de él, ¡una hierba verde y pequeña que estaba medio aplastada!, la señalo tímidamente, y dijo…
«¡hip!…» y no se atrevió a decir nada más, y se pudo más rojo aún.
Pero David la miro fijamente y se quedó entusiasmado era un jardín, un jardín muy pequeñito, quizá el más pequeño del mundo pero era un jardín, y cuando tienes el corazón muy grande hasta las cosas más pequeñas te parecen realmente hermosas.
«¡Oh! Es precioso -dijo entusiasmado- pequeñito pero precioso, ¿por qué no lo haces más grande?»
Montaña se quedó encantado, nadie jamás había hablado así de su jardín, bueno, de la única planta de su jardín, y aquel hombre pequeñito le comenzó a parecer muy muy grande.
«Oh, sí, quería hacer un jardín muy muy grande, ¡hip! un jardín en el que los arboles subieran tan altos que apenas se distinguieran las copas ¡hip! Y todo el suelo estuviese plagado de flores, todas preciosisimas, ¡como un mar de colores! Y los pájaros cantaran sin cesar, y yo pudiese dormir en primavera oyendo como el viento hace música con las hojas, ¡pero!, ¡hip! mi madre era muy muy pobre, y cuando murió sólo me dejo esta plantita, y señaló a la pobre plantita doblada, ¡y estos sueños! ¡hip! Pero jamás he tenido nada para conseguirlos…
David sonrió y al verlo Montaña también sonrió, ¡los dos supieron que en ese instante comensaba una preciosa amistad en la que, con los sueños de uno y el corazón del otro, podían encontrar la felicidad!, y Montaña se puso tan contento que quiso decir algo para tan especial ocasión, pero sólo le salió…
«¡Hip!»


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Otro de tus cuentos maravillosos, sigue así que eres de lo mejorcito que hay en la web.


Anónimo
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